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viernes, 6 de mayo de 2016

El brillo de siempre, Marillion pasó por Buenos Aires

(Gentileza Alejandro Quiroga de Rock Sinfónico) La noche comenzó con Hogarth cantando desde la pantalla los primeros versos de “Invisible man” con el resto de la banda en el escenario, mostrando desde el inicio una puesta en escena muy lograda. La comunión entre las imágenes de la pantalla, la coreografía de luces y la música se mantendría durante todo el show. Y voy a seguir en presente, porque al escribir es como se lo estuviera viendo de nuevo, ahora.
“You’re gone” nos permite apreciar que cada canción tendrá su puesta, su clima y que Hogarth canta bárbaro y ya ha dejado el traje de oficinista “invisible” del primer tema y ahora luce como un capitán de barco que nos va a llevar a buen puerto. Y luego viene “Power” para confirmar que está todo muy cuidado y las luces aportan lo suyo. Claro que siempre algo puede fallar y hay un problema con los teclados de Mark Kelly y mientras esa zona se transforma en un box de Fórmula 1, Hogarth pilotea la tormenta y saca de la manga la intimidad de “Three Minutes Boy” y luego bromea mientras Kelly se seca la frente.
Nos ponemos a cantar el “Pain- heaven” de “Cover my eyes” y la seguimos en “Sugar mice” hasta que la guitarra de Rothery nos captura por completo.
Suele haber un momento, en los buenos recitales en los que me digo: “la entrada ya está paga” (o sus variaciones: “ya estoy hecho” o “ya no pido más nada”). En esta ocasión, ese momento fue después de “Man of a thousand faces”. La fuerza de esta canción que te va llevando a ese sprint final, a ese clima medio ancestral no deja de conmoverme aunque la haya escuchado decenas de veces. Todo lo que vino después ya fue un plus, un lujo, tremendo lujo. La belleza de “Easter”, la inmortalidad de los clásicos de los primeros discos, revitalizados por la banda, por la puesta en escena y por Hogarth que nunca los interpreta igual, la banda “pelando” en “Sounds That Can't Be Made” (¡alguien que la haya filmado por favor!), la textura de “Afraid of Sunlight” y los bises y los problemas técnicos en “King”, con Hogarth “regalándole” la guitarra que no funcionaba a una chica de la primera fila; con las hojas de otoño cayendo desde la pantalla en Beautiful, esa canción que mi amigo menosprecia por ser “un lento” y yo defiendo porque entiendo que habla de lo que hay que hablar. Y todavía falta Hogarth bajando a la platea, cantando entre la gente en “No one can”, sacándose selfies, abrazando a un coetáneo en una actitud que suena sincera, como la música que a esa altura nos empacha a todos y vamos al cierre, al fin de fiesta, con “Garden party” del “Script for a Jester's Tear “, de la primera hora y ya no pedimos más nada, y con el cuerpo lleno de canciones nos encontramos con los amigos, con vos que estás leyendo esto.